Hoy fue un día diferente. Al prepararme para salir de casa, todo comenzó a dar señales inusuales. La cafetera, fiel compañera de cada mañana, de pronto comenzó a fugar agua justo al momento de preparar el café. Mis hijas, con esa intuición tan pura que solo los niños tienen, no querían que me fuera; me rodeaban, me detenían, no me permitían dar el paso hacia la puerta.
Al llegar al coche, una nueva sorpresa: no arrancaba. Regresé por el arrancador, lo conecté con la esperanza de continuar mi camino, pero aun así, el motor no quiso mantenerse encendido. En ese instante comprendí que, por más que lo intentara, no había forma de avanzar.
Podría haber insistido, enojarme con las circunstancias, luchar contra cada obstáculo. Pero decidí mirar más allá de la frustración. Tal vez había algo que no debía forzar, un momento que no debía apresurar. Creo que, a veces, la vida nos habla en formas discretas, en detalles que parecen accidentes, pero que en realidad son mensajes que nos invitan a pausar, a reflexionar, a escuchar lo que sucede a nuestro alrededor.
Hoy elegí detenerme. Y en esa pausa descubrí que no siempre se trata de correr detrás del destino, sino de aprender a reconocer cuándo es él quien nos llama a esperar.
M.J.

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