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palabras introspectivas y otras no tanto


El eco del vacío

Hoy, al entrar apresuradamente como tantas veces lo he hecho, me encontré con algo distinto.
Abrí la puerta y, en lugar de la rutina que me recibe a diario, sentí la ausencia. Ese espacio que antes estaba ocupado ahora es silencio, es vacío.

Me detuve un instante. Recordé cómo era antes, las pequeñas escenas cotidianas, los sonidos, las miradas, los gestos que parecían tan naturales que nunca pensé en su falta. Y hoy, al no encontrarlos, entendí cuánto pesan en el día a día, cuánto moldean nuestra forma de habitar un lugar, incluso sin darnos cuenta.

El vacío no es solamente la falta de alguien o algo; es también un eco, un espejo. Nos devuelve nuestra propia vulnerabilidad, nuestra memoria y la certeza de que todo cambia. Nos recuerda que nada es permanente, que aquello que creemos inmóvil puede desaparecer sin aviso, dejando detrás un silencio que habla más que cualquier palabra.

En medio de la prisa diaria, este instante me obligó a detenerme. A mirar alrededor con otros ojos, a reconocer lo que fue, lo que es, y lo que ya nunca será igual. Tal vez el valor de esos momentos no radica en repetirlos eternamente, sino en aprender a honrarlos cuando ya no están.

Porque la ausencia, aunque duele, también abre un espacio para la reflexión. Nos invita a agradecer lo vivido y a encontrar nuevas formas de llenar el presente con sentido. Hoy comprendí que no se trata de correr siempre hacia adelante, sino de saber detenerse, respirar, y reconocer la huella que deja aquello —o aquellos— que ya no están.

M.J.



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